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Tal como sucedió:

Es una tarde cualquiera, de un jueves cualquiera, con las mismas escenas que se repiten a diario. Son las 18:30 y estoy esperando a que llegue el metro, cuando lo hace entro en un vagón, está lleno y me quedo de pie, igual que un señor mayor que debe de rondar los 70 u 80 años. Mantiene buenamente su elegancia, vistiendo una chaqueta de traje con el aspecto propio de los que no tienen techo. Sus ojos azules transmiten bondad y su mirada esquiva deja entrever las inseguridades que le acompañan.

Quiere sentarse, es mayor y parece cansado. Después de su segundo intento por pillar sitio le pregunto: —¿Quiere usted sentarse? —y perplejo me mira—. Si quieres sentarte se lo pido a ellos —mirando a las personas que iban sentadas cerca— por ti.

—Todavía con incredulidad pregunta— ¿Cómo les vas a pedir eso?

Se lo diré porque tú lo necesitas más.

Pero tú no tienes autoridad para decírselo.

Cierto, no la tengo. Pero apelaré a su moral.

La gente ya se había percatado de nuestra conversación y una voluntaria (¡por fin!) se levanta. Y mi benévolo anciano se sienta, no sin antes insistir varias veces en que lo haga yo. Al final, con gratitud infinita me mira y se atreve a pronunciar: —Sólo este gesto ya merece que tengas el mejor de los días.

Lo mismo deseo para ti —le digo, pensando para mis adentros que daría los míos por mejorar los suyos.

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